Andrea Alliaud: “Enseñar hoy es una tarea artesanal”

Andrea Alliaud propone pensar la enseñanza como un oficio creador y colectivo: una tarea artesanal, cuyas obras se crean y se recrean en el encuentro con los estudiantes. Y destaca el valor de la imaginación, la imitación y el diálogo con los grandes maestros en la formación docente.

 Andrea Alliaud: “Enseñar hoy es una tarea artesanal”

Abelardo Castillo, Hebe Uhart, Gabriela Mistral, Italo Calvino y Stephen King son algunos de los nombres que aparecen en las páginas de Enseñar hoy. Apuntes para la formación (Paidós), el nuevo libro de Andrea Alliaud. A lo largo de los capítulos, enfocados en los desafíos de la enseñanza y de la formación docente, Alliaud indaga en las conexiones entre las prácticas de enseñanza y los oficios artesanales vinculados con la creación.

“El libro reúne reflexiones que surgen de investigaciones que venimos realizando en el marco de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Pero también del intercambio en la universidad, con los colegas y con los estudiantes, y con los colegas de los institutos de formación docente, con quienes tengo una interrelación permanente. En esos intercambios, las ideas y los conocimientos se van enriqueciendo, cobran vida”, explica la autora, doctora en Ciencias de la Educación, profesora e investigadora en la UBA.

Alliaud retoma en este texto algunas ideas de su libro anterior, Los artesanos de la enseñanza, y parte de una premisa clara: “Un docente profesional es un artesano aplicado, que puede enseñar casi sobre cualquier cosa”. Desde esa concepción, el libro no ofrece recetas ni discursos prescriptivos: más bien plantea preguntas y ejercicios para disparar la reflexión e interpelar las prácticas de enseñanza.

–¿Qué implica pensar al docente como “artesano” de la enseñanza?

–Tiene que ver con este posicionamiento que asumimos quienes enseñamos en las escuelas de hoy, que ya no somos meros aplicadores o reproductores de conocimientos, de técnicas o de aquello que pudimos haber planificado, sino que vamos construyendo artesanalmente nuestras propuestas de enseñanza. Y, en tanto esas enseñanzas se encuentran con otros y con otras en situaciones concretas, el docente genera, crea y recrea según los grupos a quienes esas enseñanzas van destinadas.

Los docentes ya no somos meros aplicadores o reproductores de conocimientos, de técnicas o de aquello que pudimos haber planificado, sino que vamos construyendo artesanalmente nuestras propuestas de enseñanza

Hoy por hoy, no hay una única manera de enseñar nada a nadie. A veces los profesorados han enseñado que hay determinadas maneras o formas específicas de enseñar determinados temas o contenidos. Y luego, cuando el docente va a su clase, aplica aquello que aprendió. Hoy, dada la complejidad que tienen las instituciones, por más que queramos aplicar, nos daremos cuenta de que la realidad nos dice otra cosa. Por ahí esas maneras de enseñar no son lo suficientemente atractivas o convocantes como para que esos otros y otras que están en situación de aprender se enganchen, se interesen y entren a formar parte de esa relación que en definitiva es la que conecta la enseñanza con el aprendizaje.

Apelando a los conocimientos, las teorías, las técnicas y las experiencias, los docentes tenemos que aprender a crear enseñanzas, a probarlas, a recrearlas en situación, a volver sobre ellas una vez que las hemos desarrollado para enriquecerlas, para embellecerlas, como diría Gabriela Mistral. Esto nos posiciona a los docentes como artífices y productores de nuestro propio trabajo.

–En el libro hablás también de la importancia de apropiarse del oficio de enseñar, de involucrar la subjetividad.

–La idea de artesanía comprende distintos oficios. Ahí tomo a Richard Sennett, que habla justamente de la artesanía como un trabajo desarrollado en alto grado y protagonizado por aquel que lo realiza. Esa concepción pone el acento en el protagonismo que cobran los docentes como productores, como generadores de enseñanza. Eso pone en valor aquello que podemos llegar a producir. Esta particularidad de nuestro oficio, que hoy se ve exacerbada, nos enriquece como personas. Y también enriquece aquello que estamos generando, nuestras “obras de enseñanza”, que luego pondremos a disposición de los sujetos con quienes nos toque trabajar.

–La pandemia potenció la dimensión creativa y colaborativa de la enseñanza. ¿Se viene una docencia más colaborativa?

–La pandemia puso en evidencia la dimensión creadora de nuestro oficio. Todos los docentes nos hemos sentido más artesanos e inventores que nunca. De repente tuvimos que enseñar en condiciones absolutamente inéditas. Algo de esto que se vio exacerbado con la pandemia, lo inédito y lo inesperado, creo que es una característica de la enseñanza de los últimos tiempos, que la pandemia no hizo más que evidenciar.

La pandemia puso en evidencia la dimensión creadora de nuestro oficio. Todos los docentes nos hemos sentido más artesanos e inventores que nunca. De repente tuvimos que enseñar en condiciones absolutamente inéditas

Hoy el oficio de enseñar no puede ser concebido desde la individualidad: ese docente que cerraba la puerta del aula y hacía lo que quería. Muchas veces, si el docente intenta hacer lo que quiere, los otros pueden hacer lo que quieren con él. El docente puede sentirse muchas veces sobrepasado o sobredemandado, precisamente por la complejidad de las situaciones que tiene que afrontar. Para mí el otro componente fundamental, junto con la creatividad, es concebir al trabajo docente ya no desde lo individual, sino en su dimensión colectiva, como un trabajo que se comparte con otros y con otras.

Muchas veces ese colectivo es el que comparte una misma institución. Desde allí, entonces, nos posicionamos como creadores y productores de enseñanza. Docentes que pensamos juntos, que producimos distintas obras juntos, que a lo mejor identificamos problemas comunes. Esa dimensión colaborativa, solidaria, de nuestro trabajo también es hoy una necesidad. Hoy necesitamos de colegas, necesitamos pensar mucho para afrontar los desafíos que la enseñanza tiene. En ese pensamiento y en ese hacer compartido, enriquecemos aquello que podemos llegar a producir juntos y juntas, como también nos enriquecemos nosotros mismos, porque en esos procesos seguimos aprendiendo, nos seguimos formando. Eso es central para atender a la enseñanza en tiempo presente, y con el escenario de pandemia resultó más que evidente.

Todo lo que aprendimos, lo que creamos, lo que pensamos en estos momentos de excepcionalidad, sería muy importante que pudiéramos capitalizarlo para el porvenir. Estas experiencias tienen que ser tomadas y capitalizadas para nuestras enseñanzas futuras.

–¿Cómo habría que reformular las condiciones de trabajo para hacer sostenible la colaboración entre los docentes?

–Hay condiciones materiales o simbólicas que pueden jugar a favor o en contra. Por supuesto, hay determinadas condiciones de trabajo que están más ligadas al formato de la escuela moderna: dividir individualmente a los docentes, fragmentar los conocimientos. Estos aspectos vienen a contramano de lo que implica la enseñanza hoy. Creo que hay que luchar por mejores condiciones de trabajo. Pero también, mientras vamos desarrollando nuestra tarea, es mucho lo que podemos hacer a partir de cómo nos vamos organizando cotidianamente. Aquí cobran protagonismo las instituciones, los directivos. Hay una dimensión hoy de la organización de las instituciones que es muy importante para posibilitar que algo de esto acontezca. Y también atrevernos a hacer otras cosas, aun en los tiempos y espacios en los que estemos trabajando. Siempre una mejora en las condiciones materiales es necesaria porque ayuda, facilita y genera mejores escenarios para que estos procesos puedan desarrollarse más plenamente.

Creo que hay que luchar por mejores condiciones de trabajo. Pero también, mientras vamos desarrollando nuestra tarea, es mucho lo que podemos hacer a partir de cómo nos vamos organizando cotidianamente

–¿Cómo hacerles lugar a los intereses de los estudiantes?

–Muchas veces como adultos y como docentes partimos de cierta mirada negativa sobre quienes tenemos que educar. Todo acto educativo es un acto que aspira a cierta transformación de las personas. Entonces cuando partimos de ciertas concepciones negativas, y etiquetamos a nuestros estudiantes a partir de todo lo que no saben, no pueden, no les interesa… desde ese lugar es muy difícil pensar en un proyecto pedagógico que pueda convocarlos a aprender y formarse. ¿Qué es lo que sí pueden, qué les gusta, qué les preocupa a quienes son hoy nuestros estudiantes? No para quedarnos ahí, sino para desde allí presentar alguna propuesta que los desafíe a emprender una aventura de enseñanza y formación.

–Uno de los capítulos habla sobre el valor de la imitación en la formación docente. ¿Por qué puede ser una estrategia interesante?

–Partimos de la idea de que tenemos que formar docentes que sean creadores, productores de enseñanza. Entonces me pregunté: ¿cómo se forman distintos oficios vinculados con la creación? ¿Cómo se aprende a crear? Indagué sobre cómo se forma un escritor, y entre otros aspectos aparecía la imitación. La creación se aprende, y hay que poder generar ciertas condiciones para que esto tenga chances de suceder. Los grandes escritores muchas veces empezaban a escribir imitando a los grandes maestros que ellos y ellas admiraban.

Desde ahí interpelo a la formación: ¿no podremos, en la formación docente, convocar a grandes pedagogos, a grandes maestros, que sean inspiradores, a partir de cuyas obras quienes se están formando aprendan a realizar la obra propia? ¿Qué pedagogos, qué grandes maestros estamos ofreciendo? De manera que, a partir de la imitación de esos grandes maestros, se pueda empezar a realizar la obra propia. También hablo del diálogo que podemos establecer con los grandes referentes de cada campo. El proceso de ir produciendo la propia obra es progresivo. Quienes formamos tenemos que saber acompañar. Uno aprende a enseñar enseñando, produciendo enseñanzas con otros y otras. En este proceso es fundamental el rol de los formadores.

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